¿Qué hace únicos a los pueblos?

Hace unos días leía comentarios en un grupo de “pueblos de Buenos aires”.  La gente de las grandes ciudades, cansada del ruido, de correr desesperadamente quien sabe a dónde, de las toneladas de obligaciones que tiene que atender a diarios, admira como cosa rara, la vida en los pueblos.

¿Quién no quiere un fin de semana estilo campo?, ¿viajar unos kilómetros y alejarse de todo?, ¿disfrutar del aire libre sin tanta contaminación?.

Esto me llevó a pensar: ¿Qué hace únicos a los pueblos?

Porque en algo todos coincidimos, que en estos lugares la vida pasa lenta, hay otros hábitos, otras costumbres, otro estilo de vida.

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En los pueblos son pocos, pero cada uno valioso. El zapatero del pueblo no tiene menos merito que el doctor o el panadero, porque al ser único, todos en algún momento necesitarán de su artesa. Y así, cada uno es protagonista. No es el fulano del 5 piso, ni el gordo del 8 que se lo ve solo cuando llega con las bolsas del súper. Ni la pareja insoportable que recién se mudó.

 

En los pueblos, los niños juegan en las plazas, y la abuelita de enfrente los mira mientras recuerda con nostalgia a sus hijos, cuando insistían en romper con sus gritos, la tradicional siesta,  que por cierto es tan sagrada como la patrona del lugar. Hoy sus nietos la visitan de vez en cuando, aunque la mayoría de las veces los atiende en una sala del viejo hospital y poco se da cuenta de quién es quién. Ella sabe que ha quedado en el olvido, tanto como ese pueblo a más de 500km de la gran capital.

Hay tardes donde el ritmo se siente alterado. Después de muchos años de no pasar nada de nada, hoy en Casco Viejo, robaron una bicicleta, nada más ni nada menos que la bici de don Alberto, el kiosquero del lugar. No tardó en correrse la voz y en menos de 5 minutos todos lo sabían. Eulogia le conto a Susana, Susana a María, María a Don Ignacio (parece que hay mucha onda entre ellos, y Clara, la mujer de Don Ignacio, está que trina), Don Ignacio tiene contacto con Pascual, el comisario de Casco viejo y que parece que ya tienen al ladrón.

Ayy!!! Pero qué barbaridad!!,- es la expresión más popular- seguro fue el  Javier, ese muchacho está cada vez peor. Desde que vino de la capital no para de hacer  tonterías. Así lleva por mal camino a nuestra juventud, tan buena e inocente que es. La madre ya no puede con él- se comenta en las calles de las 20 manzanas del pueblo.

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La gente es calma, la vida pareciera viajar en pausa. En los rincones de los jardines hay olor a jazmín, en las ventanas aroma a pan casero, y cuando pasas al mediodía, te invade ese gustito a comida de hogar, que hace rato me gustaría sentir.

En San Jacinto, el tren dejó de pasar hace mucho tiempo, desde ese día las cosas cambiaron rotundamente. Llego Xi’an Ji, alias Juan el chino, que nadie sabe cómo llego a este pueblo fantasma, pero ahí está. Con sus heladeras apagadas de noche, con sus jarros de acero llenos de té todo el día, con su idioma raro que a veces pareciera que discuten, por la cara que ponen, porque por lo que dicen… ja!, imposible saber.  Pero le ponen onda y ellos también saludan a cada uno de los que entran cada día a su negocio. El chino de portones azules, se da el lujo de no poner rejas, Xian hijo, va a la única escuela del lugar y ya es amigo de todos. Con el tren muchos jóvenes se han ido, familias enteras en busca de oportunidades a la gran ciudad, pensando que cuando las cosas mejoren regresarían. Pero las cosas cambiaron, para algunos la suerte fue buena, para otros no tanto, pero el cambio fue para siempre. Una vez por semana volvió a funcionar el tren de carga, pero como las vías están viejas, tarda casi una semana en llegar al puerto, así que exportar los granos como antes, no es tan fácil. Hoy las grandes compañías cerealeras han acabado con el pequeño productor. Y aunque suele quedar algún soñador, no falta aguacero que arruine el fervor.

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En Santa Ana, nació Clara, la hija de Cristina, la pobre quedó viuda tan joven, que la pequeña será la ahijada de toda la comuna. José, el enfermero la llevó al hospital más cercano, porque en la salita no se hacen cesáreas, así que todo el pueblo esta allá, esperando el nacimiento del año.

Anoche llegó un viajero a Ojo de Buey, ese pueblito que se levanta en medio de las sierras y hace tanto tiempo nadie lo visita. Llegó un hippie, hablan en la plaza, porque lo ven con rastas y una mochila llena de banderas de países. Lo que más me divierte es ver como los niños, con sus caras llenas de tierra, dejan de jugar cuando lo ven pasar. Como si un extraterrestre hubiera descendido del más allá. No faltan las adolescentes en plena primavera que lo seducen con la mirada, con las risas y esa jovial bienvenida. Ya saben su nombre, y fue todo un jolgorio. Carlitos el viajero, dice que lleva 44 países recorridos y se nota, lleva el sol tatuado en su cuerpo. Juana tiene un cuarto para hospedar, suelen venir viajantes y vendedores y se quedan allí. El único sustento que tiene desde que quedó viuda. El problema es que Carlitos, llegó a este lugar tan remoto, con el camión de aceite, tras hacer dedo en la ruta. Como le agarró la noche, Antonio el camionero, prefirió quedarse porque el camino es de ripio y se complica sin la luz del día. Así que son dos huéspedes  y hay lugar apenas para uno. La hospitalidad en estos lugares sorprende a cualquiera, así que Juana fue a casa de su vecino a pedir una cama extra para el nuevo huésped del pueblo. A la noche hay fiesta en la plaza, así que Carlitos el viajero será muy bienvenido y reconocido.

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Podría pasar la vida entera hablando de los momentos únicos que se viven en cada pueblo, en cada paraje, en cada rincón olvidado, lleno de historias, tradiciones y costumbres. Podría llenar una biblioteca de anécdotas en sitios tan remotos, tan distintos, tan amables.

Se me paraliza el alma, me pongo en piloto automático y pienso… se corre con tanta prisa en la gran ciudad, que olvidamos lo importante que es disfrutar del paisaje, de un atardecer en cálida compañía, de unos mates mientras chismeas de todo, pero cuando los problemas apremian, ahí están siempre tendiendo una mano al que necesita.

Me sorprende la luna, tan inmensa en los caminos vacíos de edificios y el cielo estrellado no tiene comparación contra las miles de luces de neón. Hoy quiero pausar la vida, visitar un pueblo, cambiar mi estilo, admirarlos. Porque el tiempo vale más que el oro, y el ser es más importante que solo correr.

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